MEMORIA EN EL UMBRAL
César Actis I. Brú

Antes que sea demasiado tarde advierto que sincera y profundamente creo en todo lo que enseña la Santa Iglesia Católica y tal como ella lo cree lo profeso. Se deduce fácilmente que creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna.

La vida terrena no ha sido generosa conmigo.

Lo que obtuve se lo arranqué con astucia, tenacidad y esfuerzo. Me sostuvo el perenne auxilio de la fe en el Nazareno y su Santísima Madre cuya imagen he llevado en mis campañas para que moderara mi espíritu en el triunfo y lo hiciera templado en la derrota. Como otras veces -varias fui traicionado- también ahora otorgo mi perdón a aquellos que me deben y, lo que más importa en este trance, pido perdón no sólo a Dios ya que sé de su infinita misericordia -me lo enseñaron los hermanos del Seráfico Francisco en mi niñez y me lo explicó Amenábar una vez- sino a todos aquellos que consideren que les adeudo en alguna vida o en haciendas. Pienso en Artigas, sé que comprenderá mi actitud. Pude ver más lejos que él. Cuando lo entienda extenderá su noble corazón al mío -si es que aún no lo ha hecho y no me lo dejaron saber- y me dará, aunque tarde, su perdón. Veo que el tiempo no nos pertenece. Pertenecemos al tiempo y al espacio de los que somos a penas duras, pequeñas letras en la historia. Como dirá más tarde un Ciego de Palermo, las palabras "siempre" y "nunca" no son debidas a los hombres.

Tal vez Ramírez no pueda perdonarme -en el sitio en que esté, el perdón ya no es posible. Pero él -en este mundo- no podía algunas cosas porque era analfabeto y de corazón arrebatado y ese fraile apóstata que tuvo como secretario un tiempo le ofuscó demasiado la mirada. Dios sabe -y es verdad- que si yo hubiera estado en ese instante, Francisco no habría muerto. ¡Fui clemente con Paz, cuánto más con él hubiera sido!. Los asesinos no sabían lo que hacían. Quisieron agradarme y su cabeza me mira todavía.

El momento se acerca y debo traspasar el umbral que es todos los umbrales. He recibido los óleos y tengo mucha paz. No me necesitan. Ya nada -nadie- parece depender de mí. Una sola tristeza se atreve a perturbarla y es Lavalle. Sé que vendrá a cobrarse la ofensa y el agravio del puente de Márquez.

No puedo desconocer que es un valiente y en este momento borrosamente imagino su carga en Pichincha. Pero su espíritu es colérico y lascivo. Me dijo San Martín -tal vez en sueños- que era un león enfurecido al que había que enjaular hasta el momento del combate ¡Qué hará con mi ciudad, con las mujeres, los libros del Cabildo, con las iglesias! Brevísimo consuelo quiere ahuyentar a la tristeza: con él vendrá Rodríguez del Fresno que es santafesino y querrá mitigar tanta barbarie. ¡Unitarios!

Debo acudir, me están llamando a vivir esa vida verdadera de la cual ésta de aquí es una muestra mísera y mezquina.

Una mano de mujer cierra mis ojos. La tibieza de los dedos me demora un instante y atravieso el Umbral que es todos los umbrales.

Yo, Estanislao, comprendo que he pasado.

A la memoria de Leoncio Gianello.





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