LA CAPITAL. Rosario, 1980

Historia de herreros en la Vieja Santa Fe

Mal podría andar sin herreros la vida de la ciudad que Juan de Garay salía a fundar en 1573 en medio de un inmenso territorio desierto, cuando el único centro urbano del que llegaría, quizás, un tardío y precario socorro -Asunción- quedaría a más de mil kilómetros de andadura por caminos inciertos y casi inexplorados o de tediosa navegación a vela en largos días de calma.

De los herreros que fueran en la expedición que fundaría Santa Fe, la primera ciudad en toda la vastedad del Río de la Plata, dependería el arreglo y aún la fabricación desde las armas hasta los elementos de trabajo necesarios para levantar el primer fuerte. Desde las lanzas y las picas, las llaves de arcabuces y horquilías de mosquetes, espadas y alabardas de la abigarrada militancia, hasta las hachas de los que derribarían y talarían los árboles para levantar la primera empalizada; y cuando el caserío se asentara en adelante, la fabricación de clavos, anzuelos, cerrojos y candados, hierros de marcas de ganado y andando el tiempo, hasta las púas que remataban las garrochas de las corridas de toros, que a usanza de España animarían las fiestas patronales como las de aquel día de San Jerónimo de 1590 cuando el Cabildo encomendó al Mayordomo de la ciudad que hiciera fabricar con los herreros santafesinos "algunas puyas para los toros de la fiesta".

Desde luego, la principal función del herrero era la preparación y aderezo de las armas: algún viejo montante del tiempo de don Pedro, alguna daga damasquinada, de orejas; espadas de concha o cazoleta, de lazo o de gavilanes encorvados a lo moruno y también de las armas de fuego.

En las cartas del factor Dorantes y el Capitán Orué, fechadas en Asunción en la época en que sale Garay a fundar Santa Fe, se mencionan a los herreros que en el Paraguay fabricaban muy buenos arcabuces; y Salvador de Piña, santafesino, al dictar su testamento el 12 de junio de 1655, recuerda que le habría dado al herrero Mateo Hernández un cañón de arcabuz para que se lo arreglara: "Yten, Declaro por mis bienes un cañón de arcabuz que está a aderezar en poder de Mateo Hernández".

Entre los capitanes que acompañaron a Garay en la fundación de Santa Fe algunos conocieron el oficio. Quizás de los primeros, Antón Martín y Feliciano Rodríguez. En el testamento de Rodríguez del 16 de diciembre de 1633, manda a sus albaceas que rescaten unos fuelles, dos machos y un martillo sin tenazas que tenía en poder de Antón Martín y un yunque que pesa una arroba además de uno o dos machos que prestó a Felipe Ramos.

En los primeros años, la ciudad fija periódicamente el valor del hierro junto con el de otras mercaderías o productos, pero el 16 de noviembre de 1584 se permite la venta libre: "que cada persona", dice el cabildo, "venda el hierro y el plomo a como pudiera: y en 1592 establece que a los curas doctrinantes se les pague a razón de un peso por indio mayor de diez años y que el pago se haga en hierro, acero o plomo.

Con cierta frecuencia la péñola notarial en testamentos e inventarios, registra la existencia de hierro entre los bienes del testador o del causante. Diez y siete arrobas y ocho libras de hierro en vergajón y plancha y platina; nueve arrobas quince libras de plomo y un "conocimiento" por diez libras de hierro en favor de Francisco Ramírez, se anotan en el inventario de los bienes del Contador Hernando de Osuna el 23 de julio de 1612; y el 13 de octubre de 1641, un portugués, Antonio Fernández de Silva, que había acompañado a Hernandarias durante muchos años, manda que se cobren de los bienes de Agustín Alvarez Martínez, noventa pesos que le había prestado en hierro y que lo destinen a la construcción de la Iglesia Parroquial.

A los diez y ocho años de fundada la ciudad llega un día Pedro Coronel. No viene con el empaque que suelen lucir los capitanes ni con la solemnidad de los empingorotados cabildantes; ni viene tampoco en busca de una dote, que los vecinos, aunque honrados y cristianos viejos, no han empezado a medrar todavía con el producto de las vaquerías. Pedro Coronel es, simplemente, un obrero, "un oficial de herrería", dice el acta del Cabildo, en la cual se deja constancia de que pide un sitio, dentro de la planta urbana, para instalar su taller. El nuevo vecino sólo ha venido con la esperanza de hacer su casa e instalar su fragua.

Paulatinamente se van distribuyendo los vecinos en el ámbito de la ciudad de acuerdo con su categoría social y con sus inclinaciones religiosas.

Las manzanas inmediatas a la plaza de armas y al Cabildo están ocupadas por gente principal vinculada directa o indirectamente al gobierno de la comunidad. Ahí están con su ranchería para indios de servicio, que más adelante se mezclarán en un pintoresco falansterio con negros y mulatos esclavos, la casa del fundador de la ciudad, calle por medio al este de la plaza; la de su hijo Juan de Garay y Becerra aledaña al Cabildo; al oeste de la plaza la de los Fernández Montiel y en las proximidades de iglesias y conventos irán levantando sus casas sus más adictos devotos, que a falta de partido políticos o centros deportivos los vecinos se agrupan en bandos, a veces hostiles, alrededor de las congregaciones o de la veneración de distintas imágenes.

Pero, apartados del centro, ya han levantado sus ranchos algunos hombres de trabajo; y el 26 de junio de 1591, Pedro Coronel pide el Cabildo que le den un pedazo de sitio "a espaldas" del solar de Bartolomé Pérez "oficial zapatero" en busca, sin duda, de la vecindad de otro hombre de su clase. Los cabildantes, unánimes, acceden al pedido previa inspección del lugar y comprobación de que al adjudicárselo no se causan perjuicios a terceros.

El primer documento relacionado con la historia de Santa Fe en el cual se mencionan útiles de trabajo, se refiere a herramientas de herrería.

En el "Mandamiento" de Martín Suárez de Toledo dirigido a los Oficiales Reales de Asunción, el 29 de marzo de 1573, con motivo de la expedición que prepara Garay, les ordena que le entreguen "unos fuelles de fragua con las cámaras y aparejos que conviene . Es en esa ocasión cuando el factor Dorantes y el Capitán Orué escriben al Consejo de Indias, refiriéndose a esos "fuelles viejos" que se llevan "con los aderecos de la fragua" para "aderecar las armas e otras cosas necesarias" y el mismo Garay en la carta que dirige al Rey el 20 de abril de 1582, recuerda que trajo a la fundación de Santa Fe una "fragua vieja".

La herrería en la nueva ciudad se instaló en casa del fundador. Era en sus manos un elemento indispensable para asegurar su dominio. La herrería armería estaba allí bajo su inmediata dirección y vigilancia.

Pero cuando Garay escribe esa carta ya tenía los días contados y en ese mismo año su hija Jerónima se une en matrimonio con Hernandarias de Saavedra quien luego viene a vivir en casa de su suegro y a convertirla en su casa solariega, con los muebles, vajilla, gente de servicio y herramientas heredadas de Garay por su mujer; y entre las herramientas, la fragua vieja que trajo de Asunción cuando con los "mancebos y bien mancebos de la tierra "se vino a fundar Santa Fe "para que hubiera trato y conversacion entre los Hombres".

Un día, después de uno de sus períodos de gobernador del Río de la Plata, Hernandarias se ve envuelto en un pleito que le inician los Oficiales de la Real Hacienda y le embargan la vieja fragua de la época de la conquista; sin embargo, se libra de la almoneda y sigue en la casa del fundador, próxima al río, al amparo de un perchel o cobertizo donde trabaja un indio, Pedro, que ha aprendido el oficio de herrero.

El indio Pedro, fue el primer hombre de la fierra que a lo largo del Paraná trabajó en la fragua: sin embargo, la gente murmura. Dicen por ahí que al amparo y protección de casa de tanto lustre y poder como la de Hernandarias, cobra más de lo que vale su trabajo; y del refunfuño y rezongo en corrillos de pulperos y el parloteo de las amas cicateras camino de la Iglesia, o bardas de por medio en los traspatios vecinos, llegó la voz a los estrados del Cabildo y el 14 de enero de 1610 los cabildantes encomiendan al alcalde Diego Ramírez, para que asesorado por Antón Martín, experto en el oficio, hiciera el arancel que debía regir para las obras de herrería, aprobado el día 28 y notificado especialmente al indio herrero, que, dice el acta capitular: "vive en el aposento o tienda del señor Hernandarias de Saavedra".

Años más tarde, la fragua de la conquista sigue encendida. Ya ha muerto Hernandarias, quizás también ha muerto el indio Pedro, pero le ha reemplazado en el yunque otro herrero: Juan Fernández.

Juan Fernández, tiene las manos encallecidas y el cuero curtido por el fuego. Trabaja afanosamente acuciado por el acicate de su extrema inopia y su larga familia, pero las herramientas no son suyas. La fragua, la "fragua vieja "de Garay, el fuelle tantas veces remendado y rehecho a través de los años; el pesado yunque de fierro donde se templaron las armas de la conquista; las tenazas y los machos que endurecieron sus brazos y brumaron sus espaldas, todo es ajeno. Ahora la dueña es doña Jerónima, la hija de Garay y viuda de Hernandarias, que ha entrado en una larga y penosa senectud, asistida de continuo por un fraile franciscano.

Un año antes de iniciarse los trámites para el traslado de la ciudad a su nuevo asiento -el 5 de febrero de 1649- hay un desusado revuelo en casa de Hernandarias. Sobre una mesa han puesto un rímero de papeles y los chismes y trabajos de escribanías. En un sillón frailero, el Capitán Diego Thomas de Santuchos se arrellana solemne, que actúa a falta de escribano. Y en torno de la tabla, los testigos del acto: Miguel Martínez de la Rosa, vecino y feudatario y regidor y alcalde de la Santa Hermandad; Juan Fernández Romo, también feudatario; el Capitán Manuel Rodríguez Moreno y Francisco de Lerma Polanco, vecinos y un residente: Simón Rodríguez, y entre todos los ytem y cláusulas del largo codicilo, el capitán Diego Thomas de Santuchos escribe:

"Ytem.- manda que una fragua con los aderentes que tiene la testadora en poder de Juan Fernández herrero no se lo pidan porque desde luego para en todo tiempo, se la da de limosna yle hace grasia y donación della por ser hombre pobre y con muger y hijos para que los sustente y todos tengan cuidado de encomendaría a dios nuestro señor".

Y Juan Fernández, todo greñas y barbas, sudoroso, el gesto cada vez más subrayado por los años, las manos callosas, tostado por la fogarada que aviva el jadear asmático del fuelle, siguió haciendo cantar el yunque junto a la fragua de la conquista, de donde ahora salían más que picas y alabardas, hoces para los trigos de las chacras, podadoras para los sarmientos de los viñedos, cuchillos de belduque para las vaquerías y clavos, bisagras, cerrojos, llaves y candados para las viviendas que dos lustros más tarde, quedarían abandonadas para siempre en el éxodo definitivo de la ciudad agonizante.

Mateo Hernández, en el "registro" de portugueses realizado el 11 de enero de 1650, declara que tiene 31 años y al preguntársele por las armas que tiene en su poder, contesta con cierta jactancia que no tiene más armas que la fragua y las herramientas de su oficio; y al llegar la orden de internar los portugueses hacia el Tucumán, el cabildo resuelve pedir que no se cumpla con respecto a Mateo Hernández por ser el único oficial herrero que hay entre el vecindario que se está trasladando al nuevo sitio de la ciudad.

Los trabajos de herrería mas comunes en los primeros años de la ciudad fueron la fabricación de llaves de arcabuz, hierros de talabarte, espuelas de pico de gorrión, hierros de lanza con su regatón y dagas, frenos con alacranes, cabestros, arneses, sillas jinetas táchonadas; cuchillos, tijeras aceradas y tijeras de rescate, cerraduras y distintos tipos de candados; rejas para arar, hoces, barrenos, escoplos, azuelas; y para señalar la hacienda, marcas de ganado.

Los cabildantes cuidaban establecer periódicamente el precio que los herreros debían cobrar por sus trabajos. Así, el 17 de enero de 1575, El Cabildo, que había establecido la vara de lienzo como moneda a falta de la moneda de plata, fija en una vara de lienzo el precio de un par de espuelas y en tres el de unas tijeras; mientras que por cada diez cuchillos correspondía uno al herrero.

El 22 de junio de 1576 un hierro para marcar ganado, vale 2 varas de lienzo y el 27 del mismo mes del año siguiente, el Cabildo fija el mismo precio, pero aclara que si el hierro es para marcar "ganado menudo", vale una gallina, el mismo precio que el año anterior tenía la hechura de una hoz.




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